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PERSONAJES Y ANÉCDOTAS


CAYO POPILIO LENAS Y EL CÍRCULO EN LA ARENA

  
Antíoco IV subió al trono de los Seléucidas en el año 170 a. C., después del asesinato de su sobrino y heredero. Durante los catorce años que vivió en Roma como rehen había entablado amistad con Popilio Lenas y había conocido la cultura romana; no obstante, su interés se centró en la cultura helenística y en cuanto tuvo poder se dedicó a embellecer Atenas y otras ciudades griegas.
   Por otra parte, en Egipto, después de la muerte de Tolomeo (181 a.C.) asumió la regencia su viuda, Cleopatra hija de Antíoco III, quien supo mantener la paz con su eterno rival el reino seléucida; pero a la muerte de esta los nuevos regentes proyectaron la reconquista de Siria meridional, lo que dio origen a la Sexta Guerra Siria (170-168 a. C.). Ambos contendientes presentaron sus reivindicaciones a Roma, que ocupada en otros asuntos, no prestó atención a ninguno. Antíoco IV derrotó al enemigo y penetró hasta el delta del Nilo y consiguió un tratado con el joven Tolomeo VI; pero, más tarde, estalló un motín en Alejandría que destituyó a este en favor de sus hermanos. 
   Al año siguiente Antíoco IV volvió a presentarse con su ejército a la puertas de Alejandría, pero en esta ocasión Roma ya había tomado partido por Egipto y mandó como legado a Cayo Popilio Lenas, sin ejército, tan sólo con doce lictores y dos escribas, para detener a Antíoco IV.
   El rey se encontraba en la playa junto a sus torres de asalto cuando se presentó ante él la delegación de Roma: un hombre de avanzada edad, polvoriento y sonriente, acompañado tan sólo por sus lictores. Popilio transmitió con dignidad las exigencias del Senado por este orden: acabar la guerra, devolver los territorios conquistados y marcharse de Egipto, a lo que Antíoco IV respondió que tenía que reunirse con su consejo para tomar una decisión.
   En ese momento, Popilio Lenas, muy tranquilamente, trazó en la arena con un palo un círculo alrededor del rey y le dijo que diera una respuesta antes de salir de él. 
   A pesar de su rabia y de la furia que se adivinaba en sus ojos, Antíoco IV, conocedor del poderío de Roma, cedió a los deseos del Senado y dejó Egipto.
    Esta anécdota quedó en la mente de los romanos durante mucho tiempo.