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domingo, 2 de abril de 2017

EMPERADORES ROMANOS DEL SIGLO I d.C.


 EMPERADORES ROMANOS

DINASTÍA JULIO-CLAUDIA




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ANTECEDENTES


   Después de la batalla de Actium (2 de septiembre del 31 a. C) Marco Antonio se suicidó y Cleopatra siguió al poco tiempo sus pasos para no caer en manos de su vencedor. Octavio, que había hecho de esta guerra un motivo personal, mandó asesinar a los hijos de ambos (incluido el hijo de César), excepto a los dos gemelos más pequeños que quedaron al cuidado de su hermana Octavia. Egipto se convirtió de esta manera en una provincia romana bajo su control directo, prohibida totalmente para los senadores.

   Una vez hecho esto, era necesario arreglar los asuntos en Asia Menor y Grecia para lo cual Octavio se dirigió hacia estas regiones, premiando a las ciudades que se le habían mantenido fieles y creando una serie de lazos de fidelidad hacia él con el resto. Ahora era ya de hecho el dueño del mundo, pero necesitaba dar un paso más: buscar una fórmula que lo legitimara.


 Roma llevaba muchos años sufriendo las guerras civiles y había visto con miedo y estupor cómo una reina de tipo orientalizante daba hijos a César y Marco Antonio, herederos que podían convertirse en reyes de un vasto territorio, cuya capital se trasladaría a Alejandría. Octavio comprendió muy bien estas circunstancias y supo jugar sus cartas con el pueblo y el ejército presentándose como un salvador y restaurador de la República romana. Esta iba a ser la fórmula que utilizaría a lo largo de su gobierno, restablecer, aunque artificialmente, las costumbres antiguas. Aunque históricamente lo consideremos el primer "emperador", Octavio dio a entender el imperium en el sentido tradicional, como un general venerado por sus tropas y a las que debía su poder y el título de  princeps en su valor etimológico, es decir, el primero entre sus iguales. 

   No obstante, los hechos ocurridos ya no se podían cambiar y la suma de acontecimientos iban a ir transformando la sociedad poco a poco. Octavio, como se ha dicho, era el dueño del mundo, pero ¿qué quería decir esto, ya que su poder no era absoluto, al menos oficialmente? 

   Después de las guerras civiles y la conquista de Egipto, Octavio Augusto era un hombre inmensamente rico, el más rico de su tiempo.  Esta es la circunstancia que va a cambiar por completo la sociedad del momento y que va abrir una etapa histórica nueva, porque los sucesores de Octavio irán encadenando los hechos. Tenía, decíamos, una enorme fortuna, basada en la herencia de sus padres, en los beneficios de las confiscaciones de tierras y la venta de los bienes de sus enemigos, en el botín de guerra, pero sobre todo en la provincia que había ganado, Egipto, y que incluía el tesoro de los faraones, además de la explotación de los recursos naturales y agrícolas de ese territorio. Si  esto se une a que era el vencedor de la guerra, el pacificador de todos los territorios después de años horribles para la población y que el pueblo y el ejército romano habían sido los que realmente le apoyaron frente a las costumbres orientalizantes de Antonio, se puede comprender que entre Augusto y el pueblo se crearan unos lazos (que le vinieron muy bien) de "patrono-cliente".  

   Octavio comenzó a ganarse a la gente empleando parte de su fortuna, primero en premiar a sus soldados y en preocuparse de sus veteranos (era consciente de que el verdadero poder de ahora en adelante lo tenía el ejército) y en crear un bienestar público haciendo regalos a todos los habitantes incluidas las provincias (no tanto para que no hubiera revueltas, sino para crearse una buena opinión entre el público). De este modo, pasó a ser un benefactor del Pueblo y el Senado de Roma, convirtiéndose en un pater patriae, título que obtuvo en el año 2 a. C y que pasó a sus sucesores. No se trata aquí de escribir una historia de Augusto, ni mucho menos del Principado; tan sólo se trata de ir viendo el proceso de cambio de la sociedad que abrirá la etapa de los emperadores, porque tanto los sucesores de Augusto como los que gobernaron después de ellos van a estar sujetos a estos cambios que en la etapa anterior, durante la República, no se habían dado.

   Augusto no creó una monarquía hereditaria. Efectivamente, sabía muy bien que esto era impensable; sin embargo, se pasó todo su gobierno intentado buscar entre sus allegados el sucesor perfecto que continuara su labor y su familia permaneció en el poder cerca de un siglo. Parece ser que Tibero era la última persona que él hubiera querido, pero lo más importante no es este dato, sino que a partir de la muerte de éste son los soldados los que en realidad van a elegir a los emperadores, salvo excepciones, y este hecho va a marcar el comportamiento del Senado y el Pueblo de Roma. Legalmente el emperador recibía el poder de la mano de estos últimos, pero todo el mundo sabía que lo proclamaba el ejército a pesar de mantenerse las formalidades y que aunque todos los senadores tenían derecho a ser elegidos emperador, sólo los soldados tenían ese poder, esta puede ser una de las causas de la servidumbre del senado que se comienza a ver en esta época frente a la arrogancia que mantenía durante la República. 

   Los emperadores de la dinastía Julio-Claudia, es decir, los sucesores de Augusto, son elegidos (excepto Tiberio) por los soldados, ese ejército que todavía recordaba la popularidad de Octavio y sus gestas y que esperaba también recibir el mismo trato dado por aquél. 

   En el siglo I d.C. se sientan las bases de todo lo que vendrá después: la eliminación gradual de los poderes del senado, sobre todo en la administración; la concentración del dinero y el poder en manos del emperador y el desarrollo de la burocracia, especialmente con Claudio. También el desarrollo del culto al emperador como protector de la Humanidad frente a las "fuerzas del mal", para lo cual es identificado unas veces con Apolo y otras con el héroe legendario divinizado Hércules. El emperador, entonces, tiene la mayor parte del dinero, suyo o del Estado (en un principio todo es lo mismo), es el protector de todo el mundo y administrador; el pueblo, agradecido por los derechos que va adquiriendo de ser alimentado y entretenido por el padre-emperador, va olvidando poco a poco las asambleas populares que Augusto fue eliminando y que Tiberio suprimió. 

   En las provincias el interés de los emperadores del s.I. d.C. se centró en el urbanismo; se crearon unas ciudades nuevas y otras se mejoraron de forma que las gentes del lugar se iban incorporando poco a poco a la forma de vida romana, dejando atrás la tribu para entrar a formar parte de una burguesía provincial, pero, eso sí, sin llegar a obtener la ciudadanía plena. La economía comenzó a renacer y se desarrollaron el comercio, la industria local de la cerámica y el bronce, el cultivo de la vid y el olivo y crecieron, sobre todo en occidente, los latifundios. No obstante, el mayor "empresario" era el emperador que tenía grandes territorios, debido a herencias y confiscaciones; en estos territorios se cultivaba el trigo, que era la mayor fuente de ingresos y que utilizaba como medio de conservación de su poder: alimentar al ejército y al pueblo. El emperador y sus favoritos reemplazaron a los antiguos magnates, pues ahora estaba todo en sus manos y la antigua aristocracia fue desapareciendo después de tantos crímenes y confiscaciones, con lo que surgieron unos hombres nuevos procedentes de la aristocracia municipal, terratenientes acomodados, oficiales del ejército, funcionarios imperiales y libertos.




   En menos de un siglo Roma no se parecía en nada a sí misma. Augusto decía que había recibido una Roma de tierra y él la dejaba de mármol. Los nuevos edificios públicos animaban a los más ricos a construirse casas lujosas en los barrios de moda, dejando el centro para oficinas y con la nueva división de la ciudad en catorce regiones (o distritos), el princeps creó cuarteles donde residían los vigiles (bomberos) con un magistrado anual al frente. 
   Como ciudad puede que estuviera dejando de ser aquel sitio maloliente del que se burlaban en la corte del rey Filipo de Macedonia (174 a. C.), pero todavía habría alguien que diría :¡o tempora, o mores!.


Nota: la bibliografía se puede consultar en BIBLIOGRAFÍA  y algunas fuentes en AUTORES Y SUS TEXTOS