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jueves, 29 de septiembre de 2016

M. FURIO CAMILO

EL HOMBRE QUE SALVÓ ROMA: M. FURIO CAMILO,


          LEYENDA O HISTORIA  (SIGLO V-IV a.C.)



Los dos hechos más relevantes que tuvieron lugar en los comienzos de la República romana, la guerra con Veyes y la invasión de los galos, están presididos por un personaje excepcional rodeado de leyenda: Marco Furio Camilo.  


Sus hazañas y su gloria las conocemos principalmente a través de Tito Livio y de Plutarco que suelen coincidir en los hechos, aunque dando versiones algo distintas. En realidad, sabemos muy poco de la biografía de Camilo, no tenemos una fecha concreta de su nacimiento que debió estar a mediados del siglo V a. C. dentro de una familia patricia de escaso renombre; no obstante, se dice que su padre llegó a ocupar algún cargo dentro de la República y tenemos también alguna noticia sobre sus hijos, pero después ya no se sabe nada de ningún miembro de la gens.  Sobre su muerte hay algún dato más concreto en las fuentes citadas, ocurrida hacia el 365 a.C., el año en que una peste asoló Roma y perecieron además de la población la mayor parte de los magistrados.

Tanto Livio como Plutarco lo presentan como un hombre valiente desde su juventud, inteligente y orgulloso que cayó en desgracia y tuvo que exiliarse debido a difamaciones de la plebe y al escaso apoyo de sus amigos y después vuelto a restaurar en el poder cada vez que  las cosas se ponían difíciles para Roma. 

PLUTARCO
En las Vidas Paralelas Plutarco lo compara con Temístocles, otro personaje que hizo mucho por su patria y sin embargo acabó sus días en el exilio.
Muchas veces se ha dudado de la existencia real de Camilo, porque sus hazañas están rodeadas unas veces de heroísmo y otras de tal religiosidad que resultan ficticias. Pero, el hecho de que aparezca en los fastos le da credibilidad; por otra parte, no se duda del primer acontecimiento de su juventud cuando en la gran batalla contra los Ecuos y los Volscos, bajo las órdenes del dictador Postumio Tuberto, fue herido en un muslo y sacándose el dardo, que se había quedado clavado, siguió combatiendo hasta obligar al enemigo a retirarse. Esto le valió el cargo de Censor que era uno de los más importantes en aquella época.

Los ochenta años que vivió Camilo, aproximadamente, son muy interesantes para el historiador moderno.  A finales del siglo V y principios del IV se producen en Roma una serie de cambios que van configurando lo que llamamos el período republicano. Poco a poco el tipo de vida arcaica se va transformando para adaptarse a las nuevas tácticas de guerra y a las nuevas costumbres. Pero esto no fue un cambio agradable para muchos, pues supuso el dejar atrás todo lo que había servido hasta ese momento;  ya  no sólo se lucha por sobrevivir a los ataques de los pueblos emigrantes que van haciéndose un hueco entre las poblaciones asentadas en las tierras fértiles o para obtener botín, sino que se lucha también por lograr el control de territorios más allá de las fronteras naturales que les proporcionarán el monopolio del comercio y les facilitarán territorios donde expandirse.   Todo esto produce un efecto revote que causa nuevos conflictos: cambios en el ejército, cambios en las magistraturas y como consecuencia, cambios sociales. 

En efecto, la conquista de Veyes no se debió a las correrías, muy frecuentes en esta época, para conseguir botín, sino que fue una guerra larga por obtener el control de la vía Salaria que comunicaba la costa con el interior. Veyes era una ciudad etrusca, muy próspera, situada a pocos kilómetros al norte de Roma en la margen derecha del Tíber. Controlaba un territorio muy amplio desde el cual afluían a la ciudad toda clase de productos por la red de calzadas que se habían construido y contaba también con un complicado sistema de túneles de drenaje. 

Localización de pobladores y localidades en la Italia central.

El río Tíber era la frontera natural entre el mundo etrusco y Roma y los dos vados localizados a esta altura, por los que se podía cruzar y unir las rutas comerciales, estaban controlados por las dos ciudades principales (Roma y Veyes) que habían colocado en la otra orilla un emplazamiento como defensa. Uno de estos vados se encontraba en Roma, algo más abajo de la isla Tiberina en el mercado de ganado o Foro Boario (por donde cruzó Hércules) cuya  defensa en la margen derecha era el Janículo, y el otro un poco al sur de Veyes en Fidenas (defensa veyentana situada en la margen izquierda). 

Parece ser que los conflictos con la ciudad etrusca se dieron desde muy antiguo porque las fuentes ya hablan de ellos en época de Rómulo y se crearon varias leyendas de héroes en las luchas con los etruscos. De hecho, Fidenas cambió de manos en numerosas ocasiones. 

Las guerras con Veyes fueron tres. En la primera (483-474 a. C.) Roma luchaba en dos frentes y la gens Fabia, que tenía su territorio en la frontera del ager Veientanus  limitado por el río Crémera, se ofreció para detener a los etruscos construyendo una fortaleza en este lugar y acosando al enemigo en numerosas correrías. Aquí  vemos cómo en estos años, todavía se conservaban los sistemas antiguos en los que una gens tiene un amplio territorio que defiende por sí misma con los miembros de su clan y sus clientes (1). Esta guerra acabó con la victoria de Veyes después de aniquilar a la gens Fabia (excepto un niño que no estuvo en el combate) durante una emboscada. En el 474 a. C. se firmó una tregua que duró varios años y dejó a Fidenas dentro de la influencia de Veyes.  Pero a los pocos años, 437 a. C. volvió a estallar el conflicto al ser asesinados cuatro legados de Roma por orden del tirano de Veyes.  Esta vez Fidenas fue sitiada y tomada por los romanos entrando en la ciudadela a través de un túnel.

La tercera guerra, que es la que más nos interesa porque está relacionada con nuestro personaje, comenzó en el  406 a. C. Nos dice Livio (V, 1) que en este tiempo Roma había logrado la paz en otras partes, pero tenía todavía pendiente una guerra con Veyes cuyo odio mutuo era tan grande que se garantizaba la destrucción de aquella que resultara vencida. Esta tercera guerra fue la culminación (los problemas venían de muy atrás) de una serie de conflictos internos en Roma que nosotros llamamos luchas patricio-plebeyas y que duraron alrededor de trescientos años. Hasta este momento las guerras eran, por decir así, campañas de estación. Comenzaban en Marzo y terminaban a medidos de Octubre con una ceremonia en el Aventino  (el Armilustrium) donde se purificaban tanto las armas como los hombres y podían volver a sus casas para seguir con sus vidas y atender sus asuntos particulares; pero Veyes era una ciudad fuerte, esparcida por una colina similar a las de Roma, cuyas murallas rodeaban un espacio muy grande de terreno con campos en su interior y además tenía una ciudadela, al modo del Capitolio, que la hacían prácticamente inexpugnable.

 Los generales romanos que comprendían las dificultades de un asalto directo a las murallas quisieron someter a Veyes con un bloqueo iniciando un sitio. Mandaron construir campamentos de invierno, cosa que era nueva para los soldados romanos, decididos a quedarse allí el tiempo que fuera necesario, para lo cual crearon un sueldo para los soldados como compensación por otras pérdidas.  Esta noticia corrió como la pólvora hasta Roma, los tribunos de la plebe se lanzaron a la asamblea (Livio V, 2) pues consideraban que la plebe perdía su libertad al apartarlos durante tanto tiempo de los asuntos públicos de la ciudad, que sus bienes se perderían y que tendrían que vivir en malas condiciones mientras los sitiados pasaban el invierno tranquilamente en sus casas atendiendo los campos y los ganados dentro de las murallas y que, además, ellos tendrían que seguir pagando los impuestos estipulados con el sueldo que les adjudicaban. Este conflicto se salvó, según Tito Livio, por una batalla que perdieron los romanos y que encendió los ánimos patrióticos de estos. Todo el mundo se ofreció voluntario para luchar e incluso fueron con sus propios caballos y así, a partir de entonces, la caballería combatió con sus propios caballos a cambio también de un sueldo.

A pesar de todo, se dice que el sitio a Veyes duró diez años. Quizá sea verdad que se quiso equiparar con el sitio de Troya una vez que se obtuvo  la victoria, pero lo que nos interesa es la figura de Camilo que entra en escena en el año séptimo del sitio según Plutarco. Viendo Roma que este se prolongaba excesivamente y que los generales que habían combatido no habían tenido resultados concluyentes, fueron revocados del mando y se nombraron otros tribunos militares, entre ellos Camilo, que se limitó a hacer la guerra a los faliscos y capenates, aliados de Veyes.  Pero una vez que el Senado le hubo nombrado dictador en el año décimo de la guerra eligió como maestro de la caballería (magister equitum) a Cornelio Escipión y comenzó a urdir un plan. 

Camilo actuó con astucia. Como dice Miguel de Ferdinandy  en “Mito e historia: ensayos” su nombre, Furio  (hurtador, ratero), lo hacía astuto por naturaleza, y antes de llevar ninguna acción contra la ciudad se dedicó a “limpiar los campos” de los pocos aliados con que contaba Veyes, los faliscos y capenates, que estaban continuamente estorbando a los romanos y los derrotó en una gran batalla.
Nicolas Poussin. Camilo libera al maestro de escuela de Falerii y a sus alumnos (1637). París. Museo del Louvre.

Desde este momento, las fuentes con las que contamos, Plutarco y Tito Livio, nos presentan a un héroe más que a una persona real.  No conocemos el interés que pudo llevar a Plutarco a escribir una biografía tan completa de un personaje que apenas ha interesado al resto de los literatos desde la época antigua y mucho menos a comparar sus hazañas con las de un Temístocles.  Plutarco vivió en Roma durante un tiempo, por supuesto, pero se negó a hablar la lengua latina y solamente se rodeó de los intelectuales griegos que vivían en la ciudad. Parece ser que no tuvo ningún contacto con los romanos ilustres del momento. ¿Entonces,  qué vio en Marco Furio Camilo?

En un momento de su biografía (XIII) y como de pasada, vemos que lo compara con Aquiles;  quizá lo imaginó como uno de esos héroes clásicos, inteligentes, astutos y arrogantes, que se pierden en su hybris,  pero siguen teniendo el favor de los dioses porque han sido elegidos para cumplir un alto destino. Efectivamente, Camilo aparece como un enviado de los dioses para cumplir un destino irremediable que es la caída de Veyes y el auge de Roma. 

El plan de Camilo para destruir Veyes no fue otro que excavar un túnel que terminara dentro de la ciudad y así, mientras C. Escipión atacaba la ciudad con el mayor ruido posible, turnos de soldados excavaban a marchas forzadas y lo consiguió. Pero lo consiguió porque los dioses le habían dado la pista anteriormente de cómo tenía que hacerlo (crecida del lago Albano, oráculo, etc.) e incluso los propios veyenses sabían por sus libros que ese iba a ser el final de su cultura. 

Veyes fue saqueada (la diosa Juno llevada con toda reverencia a Roma, pero no dentro del pomerium, sino al Aventino). A pesar del éxito y las felicitaciones, Camilo, que veía la destrucción desde lo alto, lloró e invocando a Júpiter Máximo le pidió que si Roma hubiera hecho algo malo en esta guerra, la deuda adquirida fuera para él y no para su ciudad, y en ese momento, nos dicen, tropezó y cayó al suelo. Aquí vemos otra vez el fatum del héroe que asume su destino si los dioses quieren castigarlo por haber destruido algo tan hermoso como era la propia ciudad de Veyes y su cultura. Efectivamente, Camilo se perdió desde este momento en su hybris (los dioses lo volvieron loco) y celebró un triunfo que fue su perdición.

Dicen Plutarco  (VII)  y Livio  (V, 23)  que “manifestó un orgullo demasiado incómodo para lo que era aquel asunto”;  Camilo entró en Roma como si fuera el mismo Júpiter, subido en un carro tirado por cuatro caballos blancos. 
F. Salviati, Trionfo di Camillo, Sala dell'Udienza
Aquí empezó su declive a los ojos de los ciudadanos, que lo tomaron como una ofensa a los dioses, y poco a poco, a pesar de conseguir otras victorias, fue decayendo hasta que acabó en el exilio. Le acusaron de haberse quedado con parte del botín y le condenaron a pagar una multa, se puso en contra de la plebe por el reparto de tierras después de la victoria, apoyó a los patricios y después estos le abandonaron, murió un hijo y por estar en duelo no quiso presentarse en el juicio contra él. En fin, toda una serie de calamidades que prefirió eludir marchándose sólo y a escondidas hasta Árdea donde se situó. Pero, parece ser, que el destino todavía le tenía preparado algo más: salvar otra vez a Roma de la invasión de los galos, según la leyenda. 

Estando en el exilio supo por sus espías lo que ocurría en Roma y no pudo quedarse de manos cruzadas al saber que su patria estaba en peligro. Arengó, entonces, a los jóvenes ardeates quienes formaron un ejército a sus órdenes y Camilo llegó a tiempo de entrar en Roma cuando Breno, cabecilla de los Galos, estaba pesando el oro que le entregaban los romanos y dijo aquello de ¡Ay de los vencidos!, a lo que Camilo retirándolo todo de la balanza contestó que los romanos no acostumbraban salvar a la patria con oro sino con hierro.
BRENO
Es de suponer que estas hazañas forman parte más de la leyenda que de los hechos reales, porque hay muchas versiones al respecto que parecen más creíbles como la de que fue la ciudad de Ceres, aliada de Roma, la que interceptó a los Galos y recuperó el botín. Sea leyenda o no el destino interviene otra vez salvando a la ciudad que está llamada para cumplir una gran labor. Pero Camilo todavía no había terminado su trabajo  y al poco tiempo, bajo la amenaza de una nueva guerra con los Volscos, ecuos y latinos, fue  nombrado dictador por tercera vez. 

Marco Furio Camilo siguió combatiendo en numerosas batallas hasta su muerte, siempre leal a Roma, pese a sus numerosos problemas con la plebe, porque no había otro hombre que lo igualara en valor y en astucia. Fue nombrado cinco veces Dictador, obtuvo cuatro triunfos y se le dio el título de “Segundo Fundador de Roma”;  ocupó numerosas veces el cargo de Tribuno militar con poder consular y a él se atribuyen las reformas militares ocurridas a lo largo del siglo IV a C. como consecuencia de las guerras con los galos, donde se vio que la ciudad estaba muy mal fortificada y que la distribución del ejército y sus tácticas se habían quedado obsoletas. En el ejército, se dice,  colocó a los hombres según la edad y grado de instrucción,  se abandonó la formación en falange propia del período anterior y se introdujo el manípulo mucho más flexible en el combate y,  además, modernizó las armas con lo que restauró la confianza de los hombres en la lucha, pues había quedado muy mermada después de la invasión de los galos.

En el libro de T.J. Cornell: Los Orígenes de Roma  (ed. Crítica, Barcelona, 1999) podemos leer la teoría de que la ciudad no fue tan destruida como nos cuentan las fuentes, porque en caso contrario no se habría rehecho tan rápidamente; pero, tal vez, en el pensamiento de los ciudadanos que vivieron aquellas circunstancias quedara la idea de que se terminaba una época y comenzaba otra en la que Roma aparecía vencedora de todos sus enemigos. Era necesario, pues, crear sobre unas bases reales, una nueva leyenda: un segundo fundador en el que aglutinar todos los cambios producidos a finales del siglo V y principios del IV.  Camilo puede ser muy bien un personaje histórico que sobresaliera por encima de sus conciudadanos, aunque a la hora de narrar los hechos cada cual añadiera una característica más.

Sea como sea, Plutarco escribe un gran relato, no en vano las Vidas Paralelas se han leído a lo largo de los siglos y las escenas que narra han sido fuente de inspiración de los mejores artistas y escritores de todos los tiempos. En la actualidad, podríamos decir que se asemeja mucho al concepto cinematográfico creando escenas llenas de intensidad y colorido como aquella en la que vemos a las vestales huyendo de Roma, caminando de noche, en silencio, cargadas con todos los objetos sagrados; o la escena impresionante en la que vemos a los ancianos distinguidos ataviados con  sus mejores galas y sus insignias, consagrándose a sí mismos como víctimas de expiación de la patria, sentados en medio de la plaza, en sus sillas de marfil, aguardando la suerte que les amenaza (la muerte inminente por los galos).  Recuerdan mucho a las grandes películas de la cinematografía del siglo XX. Será porque la figura del héroe no pasa de moda.

(1) Para A. Schulten la derrota de los Fabios en el Cremera es  fábula.
Para saber más : Tito Livio, AB URBE CONDITA LIBRI, V.
                               Plutarco, VIDAS PARALELAS, s.v. CAMILO